|
| |
|||
|
|
Es posible que la República Dominicana sea el destino turístico de más rápido desarrollo del mundo; además, una cosa es segura: ninguno de sus visitantes podrá explorarla en toda su extensión. Se trata de una nación demasiado vasta y rica para conocerla en su totalidad. Sería posible arribar a estas verdes costas docenas de veces antes de empezar a vislumbrar siquiera la majestuosidad del país. La razón es simple: ningún otro sitio de las Antillas cuenta con la variedad geográfica de esta isla. El Pico Duarte eleva su punta envuelta por la niebla a una altura de 3.261 metros desde la selva de la Cordillera Central, convirtiéndose en el lugar más alto en todo el Caribe. Y cerca de ahí, el lago Enriquillo y el desierto que lo rodea se ubican a 44 metros debajo del nivel del mar. En esta diversidad radica el poder de seducción de la isla. A la República Dominicana hay que regresar una y otra vez, porque una visita no es suficiente y dos sólo despiertan las ganas de conocer más aún. Se puede explorar y nadar por debajo de las cascadas que se precipitan a los desfiladeros entre las montañas que bordean Jarabacoa. La sepultura de Cristóbal Colón ancla en la historia a Santo Domingo, la cuna del Caribe moderno. El viajero puede navegar a islas escondidas como Cayo Levantado para un día de campo bajo los cocoteros, o bien saborear el café fuerte de las montañas con los habitantes de pintorescos pueblos pesqueros como Boca Chica, mientras observa a dos generaciones de pescadores unidos en la tarea de arrojar sus redes al mar. Y los ritmos pulsantes del merengue y la salsa, por no hablar del cadencioso vaivén de la bachata, llaman a asistir a los centros nocturnos de moda en toda la isla. También están las playas, desde luego. Alrededor de toda la República Dominicana, interminables kilómetros de playas de finísimas arenas blancas bordean las bahías en media luna de un mar color cobalto, zafiro, esmeralda y turquesa. Son el principal destino de los más de tres millones de visitantes al año, quienes llegan a gozar las cristalinas y tibias aguas y a admirar la rica vida marina que pulula entre los arrecifes. Algunos descubren su secreta afinidad con Hemingway al salir a pescar el pez aguja azul, mientras otros se levantan temprano para escuchar las serenatas con las que las ballenas jorobadas migrantes cortejan a sus parejas frente a las costas de Samaná. Ahora bien, el verdadero encanto de la República Dominicana reside
en que, en muchos aspectos, no ha cambiado desde que Cristóbal
Colón soltó ancla aquí en diciembre de 1492. Los
indios le decían “Quisqueya” a esta tierra, y hasta
el sol de hoy los dominicanos llaman a su país “Quisqueya
la bella”. Una vez fuera de Santo Domingo, la ciudad capital, el
que visite la República Dominicana por primera vez no se topará
con la usual profusión de condominios y hoteles o centros comerciales
enormes. Afortunadamente, este paraíso tropical hizo su aparición
en la escena turística cuando ya la industria tenía muy
presente los preceptos del desarrollo sustentable y de bajo impacto. Sus
impresionantes recursos naturales —desde el árbol nacional,
la caoba, hasta la delicada ave llamada ibis— son protegidos para
que los disfruten las futuras generaciones. Aquí la vida se toma con calma y se trabaja hacia un fin común. Los dominicanos tienen un gran sentido nacionalista, están orgullosos de su isla y les encanta exhibirla. Podrá comprobarlo usted mismo: por lo menos un dominicano le hablará de un nuevo lugar fabuloso que simplemente no se puede perder en su próximo viaje. Y es casi seguro que regresará. Esta isla abunda en opciones para divertirse en grande. Aunque no podremos tratarlas todas en las siguientes páginas, sin lugar a dudas descubrirá lo suficiente acerca de Quisqueya la bella como para hacer que éstas sean unas vacaciones inolvidables. |
|||||
| Home |